El museo
El Museo tiene más de 600 metros cuadrados de espacio para exposiciones, donde se muestran una parte de las colecciones distribuidas en tres plantas y una cueva-bodega.
El Museo Etnográfico El Caserón abrió sus puertas el 26 de agosto de 2005, después de dos años de laborioso y metódico trabajo de inventariado, catalogación y restauración de las piezas del museo, y otros tantos de planificación y diseño del espacio museístico.
Desde la creación del Centro de Estudios Tradicionales de la Universidad Popular José Hierrlo en el año 1982, hasta nuestros días, un paciente trabajo de recuperación de objetos, útiles y utensilios de diverso uso que en su tiempo tuvieron plena vigencia y con el paso del tiempo fueron perdiendo utilidad por la introducción sistemática de la mecanización e industrialización en el campo y en la ciudad, ha conformado unos amplios fondos de material etnográfico a los que habría que añadir la importante colección de documento gráfico (revistas, tarjetas postales, fotografías, libros…) de una antigüedad y valor constatado y documentado.
Una metódica y sistemática catalogación y una rigurosa y precisa restauración por parte de un amplio equipo de profesionales coordinados por los técnicos del C.E.T. –MUSEO, han permitido que una parte de estos importantes bienes culturales estén ya listos para su curiosa observación.
En la actualidad los fondos del Museo son de 3700 piezas, la gran mayoría donadas por vecinos de la localidad de forma completamente desinteresada para contemplación y disfrute del resto de los ciudadanos.
El Museo tiene más de 600 metros cuadrados de espacio para exposiciones, donde se muestran una parte de las colecciones distribuidas en tres plantas y una cueva-bodega.
El modo de exposición de las piezas ha sido diseñado en base a la seguridad y conservación de las mismas; por ello las colecciones se muestran desde vitrinas diseñadas especialmente para cada colección o, en algunos casos, para cada pieza. Se trata, en definitiva, de que su exhibición y disfrute perdure en el tiempo para generaciones futuras, además de darle el carácter de pieza de museo con “todos los honores” a este tipo de objetos etnográficos que enmarcaban la vida de nuestros abuelos y que en muchas ocasiones no se les ha dado la importancia que tienen en realidad como exponentes de un modo de cultura y de vida ya desaparecido.
Todos nuestros objetos van marcados por el uso y ellos mismos nos transmiten miles de historias cotidianas… El gran fuelle del herrero que perdió su función en la herrería actual, las albarcas de goma que usaban los pastores y agricultores de antaño, ollas teñidas de negro por las largas horas al fuego, pupitres con tintero, arados, refajos, faltriqueras, llaves enormes de hierro capaces de abrir estancias donde las abuelas cocinaban mientras contaban cuentos a los más pequeños, velos de encaje para ir a misa, retratos de familias y colegios, fanegas, celemines… todos dispuestos a contarnos cómo se vivía hace no tantos años.